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Hilo: Segundo concurso de relato corto de Relojes Especiales - Foro General

  1. #21
    Ceas está desconectado Novat@
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    Te regalo un ...... ¡¡¡¡ ADIOS !!!!

    Dicen que cuando miras un reloj y da la hora en punto, significa que te quieren ………. entonces le regale un reloj……y ella a mi uno igual. Los he ajustado para que funcionen al unísono con una sincronización perfecta, me imaginaba que nuestros corazones son las agujas de los segundos que laten igual que un tanden.

    Siempre imaginaba que cada vez que miraba el reloj, ella también lo haría , así cuando las agujas daban las horas en punto, ella estaría segura de mi amor y yo estaría convencido del suyo…………..queriéndonos mutuamente de esta manera. Pensaba que nuestros relojes nos iban a unir cada día mas…….que crío pude llegar a ser cuando pensé que dos piezas de metal con mecanismo podrían unir dos destinos que no estaban hechos uno para el otro.

    Un mueca se escapa de mi boca, un cigarro cuelga desde que empecé a contar los minutos, después las horas y los días, desde que ella me busque sin que yo lo haga, he perdido la cuenta e intente hacer cálculos pero me daban errores demasiado grandes para poder estar seguro.

    Si algún día la encuentro por la calle..…como un extraño……..no seria un reencuentro, aunque aun la siga queriendo, supongo que cuando la edad se apodere de mi, me sentare a fumar un pitillo, la noche me ayudara a pensar si ella estará, si ella fuera un ángel, si me hubiera querido un instante, ese instante en que me fumaba un cigarro, viéndome sentado en el porche, con el pelo blanco, con la mirada perdida en el vacío. ¿Recordaría su aspecto?,¿Recordare cada detalle como ahora lo hago? ¿Qué haría cuando miraría su foto?¿Lloraría, sonreiría?, con los ojos húmedos de la nostalgia, de la juventud perdida.

    Seguro que cuando mi pequeña nieta me viera llorar, le contaría todo el pasado que pudo ser y no fue, seguro que no recordaría que un día se marcho, que un día me dio la espalda, tampoco me extraña, ahora que corremos sin sentido, ahora que la superficialidad es lo normal y el egoísmo se hace hueco para apoderarse de las almas ..........

  2. #22
    SKELETON está desconectado Quasi-forer@
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    Predeterminado

    Contra Reloj

    Los hombres fumaban en silencio. El chisporreteo del radiotransmisor encendido y el golpeteo de la lluvia en el parabrisas amortiguaban el zumbido del motor. Rodaban todo lo rápido que el agua les permitía por aquella carretera, convertida por obra y gracia de la Naturaleza en un pequeño río, en el que las luces del vehículo dejaban ver el lodo y las piedras, que la fuerza de las lluvias arrancaron a las montañas que los rodeaban.
    Habían hecho juntos un viaje muy largo y plagado de complicaciones, que los hacia estar callados y el saber que quedaba lo mas difícil los ensimismaba aun mas.
    El “todo terreno” aminoró su marcha hasta detenerse junto a un pequeño camino que aparecía a la derecha, casi oculto por los restos de vegetación y barro producto de los últimos fuertes temporales. Gabriel encendió la linterna y consultando las anotaciones que figuraban en el mapa, haciendo un gesto de afirmación, comunicó a sus compañeros que ya habían llegado, que estuviesen preparados.
    - ¿ Que hora tenemos, Mario? No tenemos mucho tiempo. La voz de Gabriel sonó casi como distraída, pero en el fondo, lo que quería, era volver a ver el reloj.
    La mano de Mario levanto el puño de la camisa y cincuenta y dos milímetros de esfera se deslizaron y fueron a posarse sobre su muñeca iluminando casi por completo el habitáculo del vehículo con un tono rojizo.
    - Las diez menos cuarto, dijo, vamos justitos.
    Bernardo se inclino hacia Mario tomándole de la muñeca contemplando el reloj.
    - Menudo bicharraco te has comprado, mas que un reloj grande me parece una parabólica pequeña. La ironía de sus palabras no pareció molestar en demasía a Mario que le contesto con un “ vete a tomar viento, capullo”
    -Bueno, ya basta, seguimos, zanjó Gabriel .Bernardo metió la primera y arrancaron.
    Muy lentamente, los grandes y pesados neumáticos enfilaron el camino, aplastando las ramas y piedras que impedían el paso, zarandeando la carga, obligando a los ocupantes a asirse con todas sus fuerzas a donde pudiesen encontrar apoyo para evitar golpearse.
    Durante un instante, el vehículo quedó con una rueda suspendida en el aire, volviendo a caer bruscamente sobre el barro, haciendo que crujiera toda la carrocería. El golpe y el quejido fueron casi simultáneos. La cara de Mario se estrelló contra el marco de la puerta. Bernardo paró inmediatamente y a la luz de la linterna se apreciaba una profunda brecha a la altura de la ceja que ya estaba sangrando
    -Vaya leñazo te has dado Mario, comento Gabriel, menos mal que hoy terminan las fiestas, sino, no ibas a ligar nada. Se te va a poner el ojo como una breva.
    -Nada hombre, que se ponga el reloj y que diga que va de semáforo en rojo, apuntaba sarcásticamente Bernardo, lo malo es que te vas a tener que comprarte dos mas, uno en ámbar y otro en verde.
    -Eso, encima cachondeito, respondió Mario, mientras trataba de contener la sangre y aliviar el dolor con la mano.
    -Toma, límpiate la herida y ponte algo no se te infecte.
    El pequeño botiquín paso de las manos de Gabriel a las de Mario, que como pudo se colocó un pequeño apósito sobre la ceja machacada.
    -Vamos Bernardo, hay que seguir no sea que arrecie la lluvia, dijo Gabriel.
    Dando tumbos por el barrizal continuaron la marcha que los obstáculos y las malas condiciones del terreno iban haciendo muy difícil, poniendo a prueba la mecánica del vehículo y la entereza de sus ocupantes.
    No habían recorrido un trecho muy largo, cuando al doblar un recodo y tratar de atacar una pequeña loma, las ruedas motrices comenzaron a perder adherencia, provocando un deslizamiento que se frenó en un robusto árbol, del que saltaron algunas astillas a consecuencia del pesado impacto.
    -Bernardo, ¿estas bien? , ¿tu Mario?.La voz ligeramente alterada de Gabriel detectaba un punto de excitación, provocado por la sorpresa y la rapidez con que se habían sucedido los hechos. Tanto Bernardo como Mario contestaron afirmativamente, y los tres salieron a ver los desperfectos.
    Una pequeña abolladura en la parte trasera fue lo único que pudieron detectar de importancia, aunque la verdadera dificultad era la cuesta que se presentaba ante ellos.
    -Con todo este barrizal, o usamos el cabestrante o no subimos, apuntó Mario, y menos mal que ha dejado de llover, porque sino, nos íbamos a empapar.
    La suerte les acompañó esta vez. Al final de la loma había un pino que parecía ofrecer las suficientes garantías de solidez como para que todo saliese bien.
    Sin mediar mas palabras los tres hombres se pusieron a preparar la operación. Sacaron el cable de acero de la polea y subiendo penosamente la cuesta, lo colocaron alrededor del tronco, con la delicadeza con que se pone un anillo en el dedo de la mujer amada, cubriendo con ramas, piedras y todos los objetos sólidos que encontraron, la zona a remontar, hasta llegar a la parte mas firme del terreno.
    Una vez todo dispuesto, Bernardo y Mario preparados, Gabriel accionó el rodillo, y colocándose a un lado, mandó acelerar a Bernardo. El cable se tensó lentamente y vibró, clavándose en la madera, haciendo que el poderoso árbol se quejase e hincase sus raíces mas aún en la tierra. Muy despacio, casi reptándo, remontaron el terraplén. Una vez arriba, con una gran alegría, prosiguieron la dificultosa marcha por un camino, que aunque mas llano, seguía provocando traqueteos.
    - ¿ Como vamos de tiempo? Preguntó Gabriel
    - En mi Casio, a pilas, son ya las once y veinte, recalcó Bernardo.
    - Hay que llegar a la hora establecida, dijo Gabriel como pensando en voz alta.
    Ya el tiempo iba mejorando y comenzaban a parecer claros en lo que antes fuese una densa capa de nubes. La luz de la Luna les dejaba ver un paisaje en el que las grandes manchas de agua se reflejaban como láminas de plata.
    Medio deslizándose por una pendiente, percibieron a lo lejos un punto luminoso que les mostraba el final de sus padecimientos, y comenzaron a cantar acelerando la marcha.
    Una serie de pequeños frenazos, seguido de uno mas intenso les enmudeció y detuvo la máquina a unos pocos metros de una amplia y profunda zanja.
    -Hasta aquí hemos llegado, chicos, Esta zanja no la podemos atravesar y son las doce menos diez. Bernardo apagó el motor y guardó la llave de contacto en uno de sus bolsillos.
    Gabriel, contrariado, salió del “ todo terreno” y dijo a los dos que había que seguir a pie.
    Ya quedaba poco para llegar. Sobre la colina se podían percibir las luces de una casa y las figuras de un adulto y de un niño, que destacaban del perfil de la vivienda.
    Las mantas, medicinas y alimentos, junto con la muñequita fueron repartidos entre los tres hombres, y comenzaron a subir la pendiente, medio encorvados por el cansancio y el peso de los bultos.
    Desde el portal de la casa se veía la penosa ascensión de las tres figuras con su carga, y la pequeña cogida de la mano de su padre, dio un gritito de alegría cuando ante sus ojos apareció la caravana.
    -Mira papá, son los tres Reyes Magos que han venido.
    -Si hija mía, ya te dijo papá que hoy es la Noche de Reyes, y que siempre llegan para traernos regalos a todos, contestaba mientras apretaba con fuerza contenida la manecita de la niña, y una perla de felicidad y emoción se deslizaba por su mejilla.
    A la luz brillante de la Luna, los uniformes mimetizados de los tres voluntarios, y el chaleco reflectante con la gran cruz roja sobre fondo blanco, semejaban preciosos trajes cuajados de armiño y las boinas que cubrían sus cabezas tres hermosas coronas de valor, sacrificio y solidaridad.
    <o:p></o:p>
    SKELETON

  3. #23
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    Predeterminado Seudónimo: "hurón", 2º relato

    <hr style="color: rgb(255, 255, 255);" size="1"> <!-- / icon and title --> <!-- message --> LA MENTIRA

    Justo en el momento en que madre hacía callar a mi hermano Arturo, padre entraba en casa. Pude escuchar perfectamente como se cerraba la puerta, le daba el abrigo a Puri y ésta cortésmente, le preguntaba cómo le había ido el día. Mentalmente conté sus pasos hasta que entró en el comedor, tomó
    asiento y exclamó, ¡buenos días a todos!

    Al igual que todos los días, mis hermanos pequeños se levantaban mecánicamente de la mesa para darle un beso a padre. A los mayores, entre los que yo me encontraba, nos habían eximido de tal gesto y nunca nos levantábamos, un ademán de reconocimiento con la mano era suficiente.

    Recuerdo el día perfectamente porque no fue una comida cualquiera. Mientras padre leía el periódico y sorbía ruidosamente la sopa, madre y Puri intentaban que los gemelos se comieran la suya. Como siempre, mi hermana Mercedes discutía con mi hermano Arturo sobre las reformas de turno que el gobierno del General Franco estaba implantando en las universidades de todo el país.

    Mientras, yo, me centraba en mi sopa intentando pasar inadvertido, diríase que estaba comiendo el más delicioso de los manjares en lugar de una triste sopa, a juzgar por la atención que le dedicaba. Fue al terminar el primer plato y justo cuando comenzaba a hacerme esperanzas de que se hubiese olvidado del asunto, cuando padre, sin levantar la mirada del periódico me preguntó:

    -¿Carlos, has ido a ver a Venancio por lo del reloj? - Si padre, contesté
    -¿Y? - volvió a preguntar
    -Pues que no lo tendrá hasta dentro de por lo menos tres semanas- le contesté.

    En la mesa se produjo un silencio sepulcral durante lo que a mi me parecieron horas. El miedo recorría mi espina dorsal como un chorro de agua en una cascada sin fondo, era la tercera vez en el último mes que me preguntaba por el reloj, y era la tercera vez que le mentía.

    -¿Sabes que me costó mucho trabajo comprarte ese reloj, verdad hijo?
    -Sí padre- contesté
    -Todavía sigo sin explicarme como conseguiste romper el cristal, por lo que me costó lo suponía irrompible!
    -Ya le conté padre, estaba en…
    -¡No me creo nada Carlos!- me interrumpió- esta tarde iré yo mismo a ver a Venancio y qué me explique a qué se debe la demora.

    En esos momentos el miedo paralizó todos mis sentidos, mi estomago se cerró como un portazo en un enfado, y mi cabeza retornó al estado más pueril que pudiera recordar. Mi vejiga se hinchó como un pez globo y noté como pequeñas gotas de orina se peleaban por salir al exterior mientras mis rodillas se juntaban con tanta fuerza como el apretón de manos de un joven novio a su futuro suegro.

    Había llegado el momento más temido, pero en el fondo quizás el más esperado, el final de una mentira que buscaba asomarse al exterior en forma de frío sudor y pequeños riachuelos de vergüenza inundando mis mejillas. No tenía valor suficiente para enfrentarme a padre, no tenía valor para fijar mi mirada en su mirada, no podía articular palabra noble, me sentía cobarde.

    Necesitaba urgentemente una salida, me debatía interiormente entre continuar la absurda farsa o sucumbir ante el inconsciente deseo de finalizar con esta mentira. Analicé en breves instantes la situación, debía tomar una decisión lo más rápida posible que pudiera alejarme de aquella angustia, era como la última mano de una partida de póquer en la que sabes que tu adversario tiene mejor jugada que tú.

    En mi bolsillo quemaba el resguardo de la casa de empeños de D. Manuel y en el garaje de Lucio, mi mejor amigo, bajo una manta roída y fea se ocultaba mi lustrosa Vespa. Un regalo que tanto esfuerzo le había costado a padre comprarme, sin saber, que me lo había comprado él.
    <!-- / message --><!-- sig --> __________________

  4. #24
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    Predeterminado Seudónimo: "Rastro"

    El Rastro



    Como cada mañana del segundo domingo de los meses impares, desde hace años, me levanté dispuesto a cumplir con el ritual de dirigirme a El Rastro y mirar, preguntar y sobre todo sentir el bullicio de la gente que viene y va.
    Aquella mañana de noviembre, fría y soleada, sin yo saberlo, sería uno de los días más especiales que recuerdo.
    Desayuné, me puse ropa de abrigo y me dirigí al Metro con la intención ir hasta Latina.
    En el recorrido por El Rastro, como casi siempre, cosas que me llamaban la atención, y otras que no. Nada nuevo digno de destacar.
    Cuando ya estaba a punto de concluir mi paseo, un pequeño tenderete de venta e intercambio de cromos y cosas viejas, llamó mi atención. Supongo que había estado ahí desde siempre, pero nunca me había fijado en él. Me acerqué a ver lo que había en la mesa expositora.
    De repente un pequeño reloj, de cadete, llamó mi atención. Tenía la esfera entre blanco y crema y se le veía relativamente bien conservado, sin bien, algunos números y la marca se veían borrosos.
    Mi mano, como atraída por una fuerza irresistible se dirigió a coger, suavemente, el reloj. Mi corazón empezaba a latir más deprisa de lo habitual mientras la daba la vuelta para mirar la tapa. Y, ahí estaba, se adivinaban grabadas unas iniciales y una fecha. La primera letra, bastante borrosa, casi imposible de distinguir, las otras dos, se adivinaban una C y una L, ¡uf!, mi corazón ya no es que fuese ligeramente acelerado, es que directamente empezaba a salirse del pecho. Vi la fecha, 11 de Mayo de 1.969.
    De repente, sin darme cuenta, se agolparon en mi cabeza múltiples recuerdos. Las fotos en la explanada del Templo de Debod, junto a mi hermana, con mis padres, con mis abuelos. Mi traje de primera comunión, mis primeros pantalones largos.
    Y volvieron a mi cabeza las palabras de mi madre, unas semanas después, diciéndome.
    -No, niño, el reloj no te lo llevas al pueblo, que seguro que con lo bruto que eres, lo destrozas jugando al fútbol, o saltando desde algún árbol.
    -Jo, ¡mamá!, que te prometo cuidarlo, que no lo rompo, que quiero enseñárselo al primo Aurelio.
    - No se hable más, el reloj se queda aquí, en casa. Ya tendrás tiempo de ponértelo cuando volvamos.
    Recordé, mientras le daba cuerda al reloj, la apresurada vuelta a Madrid, tras avisarnos una vecina de que habían entrado unos ladrones en casa y nos había robado. La cara de mi madre al encontrar todo revuelto, las ropas por los suelos, y las pocas joyas familiares que habían desaparecido. Incluido mi reloj.
    -¿Le gusta el reloj?, escuché. Era el hombre del puesto que se dirigía mí. Tengo la certeza de que en mi ojos se debía reflejar la alegría y la incredulidad que en esos momentos sentía
    -¡oh!, sí, es muy bonito, ¿cuánto vale?, alcancé a balbucear.
    -Bueno, lo tengo hace mucho- me contestó el hombre- no sé muy bien cuánto pague por él. Es caro, sabe, mire, no se ve bien la marca, pero le he dado cuerda y funciona perfectamente. Con una pequeña pulidita, queda como nuevo. Parece de los 60, o los 70. Y mire usted lo bonito y sencillo que es. Se lo dejo en 19 euros.
    ¿Diecinueve euros?, ¿qué son diecinueve euros por el recuerdo de una de las épocas más maravillosa de mi vida?, me dije a mi mismo. Ni lo dudé, saqué un billete de 20 euros que llevaba en el bolsillo y se los di. Ni siquiera esperé a que me diera el euro de vuelta. Me fui, feliz, andando y recordando aquellos maravillosos años….
    Esta historia es fruto de mi imaginación. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia, ¿o no?.

  5. #25
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    Predeterminado Seudónimo: “ebwat"

    “Lo inevitable”

    21 de enero.
    Me queda poco tiempo. Este parece desfilar inexorablemente desde que me dieron una noticia que cambiaría mi vida. Al contrario que la mayoría de la gente, sabía el límite temporal de mi existencia.

    Mi familia (hija e hijo y mi mujer) están conmigo. Entienden el problema y son mi báculo sustentador.

    Mis amigos, pocos en realidad, se multiplicaban en internet. El foro de relojes especiales era mi otro hogar, sin escribir frecuentemente, mantenía buenas amistades y había participado en “quedadas”. Ahora no tenía sentido el tiempo perdido delante de la pantalla. Al menos eso me parece…

    25 de marzo.
    Ahora paladeo cada instante de la vida. Incluso he viajado, aunque me aterren los aviones. En estos dos meses he conocido mundo, he apreciado como huelen las diversas partes del orbe, el discurrir de sus gentes…

    30 abril.
    No dedico mucho tiempo a escribir la memoria de mis últimos días. Soy feliz, aunque con una permanente espada de Damocles. El tiempo sigue su curso de forma ineludible, un día tras otro. Ahora estoy cansado consecuencia del fragor de la batalla interna por la supervivencia, pero es un agotamiento meramente físico, puesto que el alma sigue entera. Creo que he hecho todo lo posible por reconciliarme con aquellas personas con las que había tenido desencuentros en mi vida. O al menos eso pienso…

    29 de mayo.
    Mi alma si se siente ahora cansada. Es un día triste y oscuro, gris y lluvioso, preludio de un verano en ciernes que, a buen seguro, no veré terminar
    He descuidado a unas personas que son mis amigos de los relojes. Muchos se preguntaban que me había pasado, aunque sólo algunos sabían lo que me sucedía. No quiero que nadie se entere de nada. No deseo dar pena.

    21 de julio.
    He empezado a regalar piezas de mi colección a aquellos que realmente los iban a apreciar. A mi mujer y a mis hijos les dejo aquellas que pueden representar algo para ellos. El resto a mis mejores amigos.

    Estoy en la cama del hospital, preparado para el sueño eterno. No tengo ganas de partir, pero me encuentro muy cansado.
    Sonrío al mirar en mi muñeca el reloj que para mi es el mejor. No es el más caro, es el que más me gusta. No me ha abandonado estos últimos días. Con su esfera negra guillocheada y brillo soleil. Un sol que se apaga, una vida que se va, la mía y un tiempo corto que me queda estar en este mundo.

    25 de julio.
    Sin ganas de escribir quiero reflejar en estas breves notas algo que me ha turbado cuando estaba esperando el abrazo frío… la visita de mi amigo Lucas. Se produce precisamente cuando el médico me dice que no puede hacer nada más para aliviarme el dolor, y cuando éste es especialmente persistente.
    Me trajo un ordenador portátil y teclea una página que ya conocía… Muchos mensajes que me animaban a seguir, la noticia ha trascendido. Estos mensajes son de apoyo y aliento, parecidos a aquellos que, en momentos de mayor desesperanza humana, habían realizado con otros. No puedo escribir ni contestar a tanto interés. No me salen las fuerzas. Sólo puedo poner unas raquíticas “gracias”, sabiendo que probablemente no los vería más…

    31 de julio.
    Se que será mi última noche. Estoy seguro. El hilo de la vida se acorta y en el extremo de tan delgada línea está la otra vida, o la entelequia.
    Mi mujer lleva mi reloj. No necesito saber la hora que es, ya que adonde voy no existen guardatiempos… ¿ o si?

  6. #26
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    Predeterminado Seudónimo: "Plutón", 2º relato

    EL HECHIZO DE PRAGA

    Faltaban pocos minutos para la medianoche en Praga. El pequeño séquito real contemplaba la fachada de la Torre del Reloj Astronómico, cuyas manecillas ascendían segundo a segundo, apuntando hacia el cielo azabache.
    El Rey no podía estar más satisfecho. ¡Por fin estaba terminado! Llevaba años esperando el momento de ver por fin en funcionamiento la más avanzada pieza de tecnología que el mundo jamás hubiera conocido. El Maestro Relojero Mikulas de Kadan sin duda se había esmerado, depositando todo su esfuerzo y saber en esta obra suprema, que haría de Praga la ciudad más importante de Europa y del mundo. Desgraciadamente, sería su última obra: Mikulas sería ejecutado la mañana siguiente, oculto por harapos, como si de un bandido común se tratara. Era lo justo, se decía el Rey, ya que nadie más en el mundo podía ni debía conocer los secretos de manufactura de tan majestuoso mecanismo, que arderían en pocas horas junto con su diseñador. Éste yacía ahora en un aislado calabozo, sintiendo gotear los segundos que lo acercaban a su severo destino.

    Una vez en la torre, las vísceras de la bestia mecánica quedaron expuestas ante los ojos del incrédulo grupo, atónito al ver semejante despliegue de ingenio y conocimiento. Pero, entre todos ellos, hubo un alma que quedó más que sorprendida y más que sobrecogida. La hija del Rey acababa de quedar hechizada.
    La visión del esqueleto metálico del ingenio había abierto los ojos y los oídos de la joven, permitiéndole entender de un modo instintivo el lenguaje del reloj. La maquinaria cuchicheaba, murmuraba sin cesar sonidos que sólo unos pocos podrían comprender: cada giro de rueda, cada arco balanceándose, cada engranaje rotando susurraba ideas hermosas, palabras hechas de arte y de ciencia, frases que explicaban la belleza de lo que es perfecto. Todo el saber humano se recogía en aquella lóbrega Torre: la medición del tiempo, el paso de los días y las noches, la metamorfosis de la Luna en su eterno baile con el Sol y las estrellas. Aurora, Orto, Cenit, Crepúsculo. Ese reloj era el Universo. Y su creador estaba destinado a morir abrasado a causa de la soberbia y la codicia de un hombre miserable.

    Mikulas jamás entendería lo sucedido aquella noche.
    No entendía cómo una muchacha fue capaz de entrar en los calabozos, abrir su celda y dejarle libre. Ni por qué los guardias reales no le persiguieron con sus jaurías, al encontrar su celda vacía por la mañana. Ni sobre todo, la razón de aquel beso recibido antes de su partida, breve como un latido del corazón, dulce y tibio como la miel.

    El Rey presidía la ceremonia de ejecución en el estrado instalado bajo el resplandeciente dial del nuevo Reloj. Debería ser un momento feliz, pues su sueño se había concretado: el reloj estaba concluido y su secreto quedaría oculto eternamente. Y sin embargo, estaba inquieto. La serenidad del Maestro Relojero mientras era elevado hacia la pira lo había impresionado, pero lo que de verdad había turbado su espíritu era el silencio total con el que las llamas habían devorado su cuerpo cubierto de sucios harapos. Ni una palabra había surgido de aquellos labios, ni un gemido. Un escalofrío recorrió su espalda. Se revolvió, incómodo en su asiento. Miró hacia atrás un instante, para después volver su vista una vez más hacia la plaza. Mientras contemplaba los inmóviles restos ardientes del relojero, no podía evitar preguntarse por qué el sitio que debía estar ocupado por su hija se encontraba vacío.

  7. #27
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    Predeterminado Un cuento corto.

    Un cuento corto…
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    Suspiro… me gusta suspirar, me llena de suspiros. Suspiro sentado en un banco de algún lugar. Aquel banco que siempre está ahí, aquel que espera un melancólico ambulante, sin embargo, ahora, hoy, no estoy melancólico, solo estoy llenándome de suspiros.
    <o:p> </o:p>
    El tiempo pasa mientras que el tiempo transcurre, es decir, yo solo espero. La espera no es larga ni corta, es tan solo una espera, se que espero porque el tiempo corre, anda, fluye. Se que fluye porque sé que aquí llevo un rato, porque han pasado varios suspiros, porque el hambre aparece y el cansancio asoma, porque el día se oscurece y el viento calma, porque la temperatura desciende, porque el silencio arrecia.
    Tan solo escucho mi respirar, mi suspirar.
    <o:p> </o:p>
    Después de un rato, estoy lleno de suspiros, así que me dispongo a gastarlos, me paro y camino, camino y me desplazo, ya no estoy en aquel lugar, ahora estoy en otro lugar, y los lugares cambian mientras que el caminar acontece. Con cada paso, un suspiro desaparece, se desvanece, se difumina, más no me preocupo, tengo suficientes suspiros. Se que me desplazo porque las sombras cambian, porque las miradas aparecen, porque el silencio prevalece.
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    Observo. Los otros pasan, caminan, respiran y suspiran, todo al mismo tiempo. Demasiado para mi, una sola cosa a la vez, pero no, ellos son y están y hacen y transcurren, todo al mismo tiempo, tan al mismo tiempo que no pueden saberlo, no lo observan, no lo disfrutan. No se percatan del tiempo, solo se dan cuenta de el cuando les hace falta, cuando no lo tienen.
    <o:p> </o:p>
    Finaliza mi caminata, la puerta de mi casa. Mi cama, mi gato, mi propio silencio, el mío, el de nadie más. Mis sueños. Mañana será mañana.
    <o:p> </o:p>
    El tiempo es de cada momento. Es de siempre.
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    "...Pálidas y bastas figuras, tremendas, solitarias, oscuras y desoladas, amantes fatales, misteriosas, condenadas a las infamias titánicas..."

  8. #28
    Avatar de ne-no
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    Predeterminado La mosca

    La mosca.

    Pues si, eso es lo que soy una mosca, una simple y pequeña mosca, y os preguntareis..que tiene que decirnos una mosca?

    Claro que tengo cosas que contar, pero no puedo decir que muchas, ya que mi tiempo de vida es limitado. Siempre estoy con la angustia de que puede ser el ultimo segundo de vida cuando estoy volando por una habitación y aparecéis uno de vosotros.

    No es que me quiera defender, se que soy muy pesada, que hago ruido al volar, y que tengo la mala costumbre de pasar por delante vuestro continuamente, pero es que me gusta estar cerca de vosotros.

    Pero no falla, cuando perdéis la paciencia vais a por mi, y aquí es donde se acaba todo.

    Mi tiempo corto de vida lo aprovecho, visito muchas casas, conozco a mucha gente y veo muchas cosas.

    En casi todas las casas hay una caja grande que salen imágenes, es curioso y me gusta pasearme por delante, tiene mucho color y todos vosotros la miráis muy atentamente.

    Hay otra habitación que también me gusta mucho, y entenderéis la razón, hay mucha comida y allí me pongo las botas, y también aquí es donde vosotros os enfadáis mas conmigo.

    Lo que también me gusta, es lo que lleváis la mayoría en la muñeca, una caja redonda o cuadrada, con dos agujas dentro que van moviéndose y la lleváis atada a la muñeca por una cinta de piel o metal. Es realmente curioso la de veces que lo miráis durante el día!
    Debe ser algo muy valioso para vosotros.

    Bueno, voy a seguir volando hasta que os de tanto la lata que decidáis acabar conmigo.
    Cuando soy buena, soy buena. Cuando soy mala, soy mejor.

  9. #29
    Avatar de ozelui
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    187

    Predeterminado tictactictac

    Parecía que tras escuchar tantas veces aquel relato, que yo no recordaba, por boca del abuelo se hubiera instalado en primera persona en mi memoria. Al hombre le gustaba recordar, aquella vez que me caí de la silla que utilicé para encaramarme a la cómoda donde dejaba el reloj mientras dormía la siesta. -Se lo ponía en la oreja "pá" escucharlo..., el golpe que se dió el "jodío", no se hizo "ná", sólo el susto-, y se reía, como se reían los abuelos de antes, amablemente y enseñando las mellas de su dentadura. -Cuando Dios tenga a bien recojerme, el "reló pá" él-. ¿Para qué me serviría?, recién hecha la primera comunión tenía yo uno digital que ¡tenía hasta luz!. Esto último era especialmente útil para mirar la hora en el lavabo, intencionadamente a oscuras, debajo de las sábanas, en el cine. Cualquier excusa era buena para apretar el botoncillo inferior derecho cuya leyenda rezaba "light", que acortaba tremendamente la vida de las baterías.

    Pereció anticipadamente, durante unas maniobras de estanqueidad acuática que realizamos conjuntamente mi mejor amigo, que tenía uno sumergible ¡30 metros!, y yo con el mío que era water-resistant... Disfruté mucho de aquel reloj, pero nunca hizo tictactictac.....

    Durante la prepubertad creí perder interés por aquel reloj pero, cuando el abuelo se lo quitaba, lo cogía y me lo acercaba a la oreja..., tictactictac,... parecía que me hipnotizara aquel sonido mecánico, un día mi abuelo me sorprendió con el reloj en las manos, llevaba un rato mirándome con una aptitud burlesca dibujada en su cara mientras yo le daba cuerda, al levantar la vista y verlo allí me sobresalté, lo dejé torpemente en la cómoda e improvisé una absurda excusa aduciendo que estaba comparando aquella antigualla con mi reloj digital, que avisaba a las horas en punto, tenía alarma y ¡calculadora! que había que utilizar con un mondadientes, porque cualquier dedo marcaba tres números a la vez, cuando se podía porque los profesores prohibían su uso bajo veladas amenazas de suspenso y notificación deshonrosa a nuestros padres.

    También tuvo, el pobrecillo, un temprano final, esta vez no a causa de pruebas acuáticas intencionadas, sino de resistencia a impactos. En alguna ocasión cayó desde la mesita de noche sin sufrir ningún daño. Ello me provocó una tremenda curiosidad, ¿resistiría caer desde la mesa del comedor?, habría que probarlo. Disimuladamente puse el reloj al borde de la mesa, empujé sutilmente hacia el exterior, el cálculo fue erróneo porque en ese momento mi madre, que servía la sopa, pisó el reloj justo en el instante en el que tocaba el suelo, se desestabilizó y derramó el caldo encima del reloj. La prueba anti-shock fracasó y accidentalmente se convirtió en otra desgraciada inmersión. Me supo mal, pero nunca hizo tictactictac......

    Hacía mucho que no veía al abuelo, estudios, mili, trabajo tuvieron la culpa, porfín pude ir de vacaciones al pueblo con mi novia. El paso del tiempo había hecho mella en él, pero no en su carácter, caminaba ayudándose de un bastón que blandía amenazadoramente cuando lo hacía objetivo de mis bromas. Aún lo llevaba en su huesuda muñeca, no pude evitar cogerlo y llevármelo al oído una vez más, tictactictac..... Fue la última vez que ví al abuelo, apenas un mes después su corazón se paró, llevé a mis padres al pueblo para despedirlo. Una vez allí fue mi madre quien, entre lágrimas, me entregó el reloj. Se había parado, nadie le dio cuerda cuando mi abuelo falleció. Instintivamente me encontré girando la corona, me lo acerqué al oído; tictactictac…,

    Su recuerdo sigue latiendo cada día en mi muñeca…. tictactictac.


  10. #30
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    “La drosophila.


    Es domingo de finales de julio, sin liga, y con la humedad disparada hasta el bochorno, lo que irrita bastante a Guillermo porque la llevanza se hace pesada y él es de clima seco. Le habían asegurado que la litoralidad tenía ventajas y efectivamente debió tenerlas en algún tiempo pasado porque hoy ya no las veía. El Morez da las tres, las tres y media, y él mira su antiguo Breguet de pulsera para corroborar que el francés va en hora, pero el tiempo camina despacio cuando no hay faena. El reloj era de su padre, a quien todos trataban de usted, pero no por respeto, sino por pura convención. Guillermo comienza a rememorar, y el recuerdo de su padre le entristece porque falleció violentamente cuando unos desalmados no dudaron en acuchillarlo cuando se resistió al robo. A veces piensa que no merece el Breguet porque es mucho reloj para tan escaso valor personal. Cuando se está quedando traspuesto, escucha un ruido irritante que va y viene, y sacude instintivamente la mano por si se le acerca al rostro. El insecto reinicia sus ataques contra su cabeza, que reposa incómodamente sobre el sillón. A la tercera embestida abre los ojos y ve que es una mosca, una mosca roja, por lo que deduce que es la mosca de la fruta. Los latinos la llamaban igual que nosotros: puta mosca, pero los científicos que la estudian la llaman drosophila. Guillermo no sabe lo que eso significa y, la verdad, tampoco le importa mucho porque lo único que quiere es que le deje en paz. Lleva media tarde tocándole las gónadas, se posa sobre él, corre con sus patitas por su brazo, y si no la mata en ese momento es porque no quiere hacerse daño a si mismo, pero la despreocupada mosca no sabe que quien vive en riesgo perece en el. Guillermo lleva media hora haciendo aspavientos para advertirla, y se está cabreando porque ella ni se inmuta ni le deja en paz. La incómoda visitante probablemente ya ha puesto sus huevos en algún recodo, de los que nacerán larvas que la imitarán cuando crezcan, pero ya desde un principio los pequeños residuos orgánicos demuestran maneras y eso le irrita aún más. No le queda más remedio que ponerse la camiseta cubriéndose el rostro para que no se acerque a su cara, pero el remedio no es eficaz porque ella quiere tajada y se lanza a la tripa, y eso sí que ya no lo consiente. Se levanta del sillón y coge con fuerza la revista del XL Semanal que muestra en esa página la fotografía de Al Gore, armando el brazo para atizarla en cuanto se de a su vista. Mira despacio a su alrededor, casi inmóvil, pero ella no está volando porque la abundante luz solar le permitiría haberla detectado inmediatamente. Por alguna razón, gira la vista hacia la mesa camilla, y allí, sobre el ramo desnudo de unas uvas de moscatel que había dejado después de comer, está ella saciando su voraz apetito, tomando sus últimos nutrientes. Sin pensarlo dos veces, lanza sobre la mosca y su festín, un potente revistazo que la deja pegada sobre la nariz del dueño de la mina de Zinc. La mosca no murió, pero cuentan las crónicas que nuca más volvió a molestar y de las larvas nada volvió a saberse.

    El Morez da las cuatro y Guillermo vuelve a consultar su reloj para comprobar que está en hora. Ahora ya puede descansar.”