[Nota del admin: este mensaje me fue enviado dentro del plazo, pero estuve de viaje y no he podido insertarlo hasta ahora]

BOCKSCAR

Kermit ignoró el reloj oficial, echando un vistazo nervioso al viejo Leonard Hall de su abuelo. Nunca le había parecido bien utilizar herramientas tan impersonales como un cronómetro digital en el ejercicio de la horrible tarea que tenía asignada. Cuando se trataba de matar seres humanos, el tiempo era algo sagrado, y la instrumentación electrónica, un sacrilegio. Con la mirada perdida entre los ábacos, tablas y mapas que desbordaban su reducido espacio de trabajo, se sintió confuso de pronto, aturdido por un ruido al que hacía años se había acostumbrado. “Un minuto diecisiete”, se repitió para centrarse. “A partir de ahí, los segundos son vidas”.
El tiempo, esta vez el meteorológico, había estado a punto de frustrar los planes de Kermit, con lo que una parte importante de él se había sentido profundamente aliviada. Desde el punto de vista profesional, con los ojos de toda una nación sobre él y un puñado más de hombres, estaba claro que aquella no era la mejor ocasión para el examen de conciencia, el arrepentimiento, y la redención. Significaría el hundimiento de su carrera y quién sabía qué más. Pero aquel claro alargado entre nubes a última hora le había devuelto la esperanza y el miedo; el oficial de armamento F. Ashworth había renunciado a regañadientes al papel protagonista en favor de Kermit; el encargado del lanzamiento mientras hubiera contacto visual. La batuta de mando de la operación volvía a ser suya, así como la responsabilidad sobre varios cientos de miles de personas, cuyas vidas dependían de la pequeña arista metálica que marcaba el paso de los segundos en el viejo cronómetro. Cronómetro que sostenía ahora con los nudillos blancos; extensión mecánica de su propio cuerpo.
“32 segundos”
Lo recalculó todo con la rapidez de la experiencia, el lápiz blando resbalando sobre el áspero papel con membrete, escupiendo cifras y letras. Absorto de todo, ignorando la tensa respiración del hombre a su espalda y el desacostumbrado zumbido procedente del engendro científico, mezcla de refrigeración y circuitería bajo la cubierta metálica, a unas pocas yardas. Sólo consciente de los imperceptibles golpes de la maquinaria que latía en su mano izquierda, con la que latían también mil corazones ignorantes. Inocentes.
“12 segundos”
Desde su puesto de observación, por la mirilla graduada, las calles y las diminutas casas pasaban a toda velocidad, indistinguibles los seres humanos. Cincuenta segundos después de que la personal cuenta atrás de Kermit llegase a cero, el comandantea su espalda tosió, impaciente, y Kermit se volvió a mirarlo, apartando la vista del catalejo de suelo con una sonrisa infantil. En ese preciso instante Ashworth comprendió que algo no iba bien, y leyó en los ojos desafiantes y eufóricos de Kermit lo que acababa de suceder. No quedaba combustible para otro intento; aquel capitán irresponsable había saboteado la misión delante de sus narices.

Arrestado en la cubierta inferior del B-29, el capitán bombardero Kermit Beahan sintió un vacío en el estómago cuando el avión botó por la pérdida de empuje causada por la colosal onda expansiva.

Modificarían la historia, obligándole a aceptar el éxito y el orgullo de la misión, pero no le importaba. Conocía la verdad. Solo deseaba que los 78 segundos que había conseguido robar antes de que Ashworth pulsara la doble palanca fueran suficientes. Que aquellas dos millas de distancia entre el punto de explosión previsto y el real fueran suficientes para que su viejo cronómetro, instrumento de muerte y precisa destrucción en tantas ocasiones, se redimiese junto a él a treinta mil pies sobre Nagasaki, salvando, al menos, a unos pocos.