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Hilo: "Dear Mr. Mickelson" ..... (ojo, muy largo) - Foro General

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    Predeterminado "Dear Mr. Mickelson" ..... (ojo, muy largo)

    I knew a man Bojangles and he danced for you
    in worn out shoes.


    Apreciado Sr. Mickelson,”


    Así empezaba la carta... “Apreciado Sr. Mickelson”. Había llegado por FedEx a mi oficina a primera hora de la tarde. Me intrigó leer el membrete... “Jones, Waltham, Ross & DeWitt, Attorneys at Law”, un bufete de abogados de Memphis... Abogados... no suelen ser buenas noticias.


    Apreciado Sr. Mickelson,

    No ha sido fácil localizarle. Sólo teníamos su antigua dirección de Deville, OH, pero a través de nuestra oficina en Boston conseguimos contactar con la familia de su antiguo amigo Harry Winston. Ellos nos informaron que se había trasladado usted a Barcelona y, finalmente, por mediación del consulado americano en la ciudad hemos obtenido la dirección de su oficina.

    Nuestro bufete, dentro de su política de acciones para la comunidad, realiza determinados servicios gratuitos pro-bono en favor de los Servicios Sociales del condado de Shelby. Le escribimos en relación con el Sr. Luther Aloysius W. Johnson. Es problable que ese nombre no le resulte familiar. El Sr. Johnson solía ser conocido como “Bojangles” durante la mayor parte de su vida...”







    Levanté por un momento la vista de la carta de los abogados. Mr. Bojangles... mi mente empezó a viajar en el tiempo, retrocediendo diez, veinte, treinta años...

    Me quité las gafas... apoyé el pulgar y el índice de mi mano derecha sobre la marca que dejaban en mi nariz y me recosté un poco en el sillón echando la cabeza hacia atrás.


    El año que Mr. Bojangles llegó al pueblo habíamos tenido el invierno más duro desde que en 1952 el río quedara completamente congelado. Los inviernos en Deville eran siempre gélidos pero aquel invierno fue más frío que de costumbre. La capa de hielo que cubría los campos no empezó a deshacerse hasta bien entrado el mes de Abril. Mr. Bojangles y la primavera aparecieron al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos hubiera avisado previamente de sus intenciones.




    Le vimos entrar por Main Street caminando lentamente junto a su perro, con su guitarra en bandolera, su sombrero agujereado y un petate mugriento de color indefinido que sin duda estaba lejos de antiguos momentos de esplendor, si alguna vez los había tenido. Se plantó frente a nosotros y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto tres dientes amarillos y una lengua tremendamente blanca. “¿Qué tal chavales?”. Nunca supe si su lengua era realmente blanca o se nos mostraba así por contraste con esa piel tan negra. “Cuidad de Elgin mientras voy a echar un trago ¿vale?”. Se alejó de nosotros calle abajo hacia el bar del señor Milgauss dejándonos en prenda un chucho de pelo color tierra, esmirriado y triste, cuyas orejas gachas semejaban dos hojas mustias.

    No supimos nada de Mr. Bojangles hasta que dos días más tarde volvimos a verle en el pueblo. Estaba sentado en el banco de madera que había bajo el porche de la ferretería del Sr. Hamilton. Vestía como el día que le conocimos; sombrero agujereado, camisa harapienta de color tierra, un pantalón bombacho que sujetaba a la cintura con una cuerda de cáñamo... y sus zapatos... esos viejos y gastados zapatos sin cordones, mudos testigos de horas de caminos polvorientos, lluvia y sol. Comía con fruición una manzana mientras Elgin dormitaba a su lado. Levantó una mano y nos saludó mostrando una bolsa de papel manila que sostenía junto a su cabeza. “¡Hola chavales!” gritó “¡¡¿Queréis una manzana?!!”





    El día que vi bailar por primera vez a Mr. Bojangles mi madre había preparado tarta de moras. Lo recuerdo porque Hank Winston, su hermana Sally y yo fuimos al río a pescar y me llevé un buen trozo de tarta para la merienda. Me gustaba la tarta de moras porque de algún modo significaba el final del invierno y el principio de muchas de las cosas que en aquella época llenaban mi vida. Pescar en el río con Hank, jugar a béisbol con la pandilla y salir de la escuela a una hora en que la tarde avanzaba sin ninguna prisa hacia el crepúsculo.

    Encontramos a Mr. Bojangles en River Bend, la curva del río donde solíamos pescar. Había hecho algunas reparaciones en la vieja cabaña abandonada y la había convertido en su modesto hogar. Estaba lavando su camisa en el río y nos saludó con esa sonrisa que dejaba sus tres dientes amarillos a merced del viento. Elgin vino hacia nosotros moviendo la cola y pidiendo una caricia que no tardó en recibir. “¿Qué tal chavales? ¿De pesca?” “Sí, señor” “Bien, eso está bien ¿Cómo os llamáis?” “Hank”, respondió mi amigo. “Sally”, dijo su hermana. “David” añadí mientras acariciaba a Elgin. “Muy bien, Sally, Hank y David, encantado de conoceros” dijo tendiéndonos su negra mano. “Yo soy Bojangles y a Elgin ya le conocéis”.



    Continuamos charlando un rato mientras preparábamos las cañas y Mr. Bojangles ponía su camisa a secar. Cuando hablaba los ojos se le movían saltones en las órbitas y aquellos tres dientes amarillos le daban un aspecto grotesco. Al poco, Mr. Bojangles empezó a cantar una canción sureña muy rítmica y sincopada. Tenía una voz profunda y sugerente que nos cautivó enseguida. Era una canción un poco atrevida que hablaba sobre una mujer negra llamada “Big Mama Rose”, sus senos y la luna. Mr. Bojangles se irguió y comenzó a dar palmas con las manos mientras movía las piernas dando taconazos en el suelo. Bailaba y bailaba girando sobre sí mismo, moviendo la cabeza hacia los lados, tocando sus pies con las manos, chocando sus tobillos, elevándose muy alto y volviendo a caer sobre sí mismo en una danza cada vez más alocada y frenética que nos contagió irremediablemente. Estábamos envueltos por la magia de la música y el baile y no dejábamos de dar palmas con nuestras manos mientras Mr. Bojangles seguía con su frenética danza.
    “¡Baile, Mr. Bojangles!... ¡baile!” gritábamos “¡Baile, Mr. Bojangles!...” Cuando terminó la canción aplaudimos entusiasmados y Mr. Bojangles saludó con una reverencia mientras sus tres dientes amarillos nos sonreían.

    Compartimos merienda y tarde de pesca con Mr. Bojangles. Nos despedimos cuando empezaba a anochecer y prometimos volver al día siguiente, a la misma hora. Así fue como aquello se convirtió ya en una rutina. Cada tarde, al salir de la escuela, escapábamos hacia River Bend para encontrarnos con él y escuchar sus historias, tumbarnos en la hierba y aprender de la vida. Mr. Bojangles conocía bien el mundo fuera de Deville. Había sido cantante y bailarín en una orquesta de jazz y nos contaba historias que nos fascinaban... historias de amor y de celos, de dolor y de placer, de la vida y de la muerte. Y nos hablaba de lugares que nos parecían tremendamente lejanos; Nueva Orleáns, Chicago, Harlem, ...¡Europa!; de mujeres que había amado y de hombres con los que había peleado... Y bailábamos, y cantábamos y nos dejábamos seducir por la música, la palabra, el color y la magia.






    La primera vez que ví el reloj de Mr. Bojangles fue un día de mucho viento. Lo recuerdo porque el techo del cobertizo de la granja de los Winston había salido volando durante la noche y esa tarde fui yo solo a River Bend. En aquella época los hombres no acostumbraban a llevar reloj a diario. Era un elemento de distinción que solía usarse solo los Domingos, para ir a misa y en ocasiones especiales. Al llegar al río observé que Mr. Bojangles estaba mirando su reloj. Mi padre tenía un Ingersoll que heredó de mi abuelo. Era un reloj bonito pero modesto. En cambio, el reloj de Mr. Bojangles era un reloj de bolsillo precioso, con el bisel dorado y labrado, la esfera blanca muy limpia y unas manecillas delicadas en forma de flecha. Me pareció extraño que Mr. Bojangles tuviera un reloj como aquel... parecía un reloj muy caro.

    No quise preguntarle, pero él me notó curioso. “¿Te gusta el reloj, hijo?” “Se llama Yelena” dijo abriendo su boca en una sonora carcajada. “Me lo regaló una condesa rusa cuando estuve en París”, añadió guiñándome el ojo con un gesto de complicidad... “Yelena... menuda mujer, chaval. Yo era muy joven cuando la conocí. Estaba casada con un conde ruso. Tenía un buen par de te... ejem... bueno... en fín, chico...”, terminó la frase con un balbuceo. Me tendió el reloj y lo observé más cuidadosamente.






    Era un reloj precioso... la esfera de porcelana muy blanca con los números en negro y un segundero en la parte inferior. En la parte superior de la esfera podía leerse un nombre... Omega. Había otra serie de números más pequeños en rojo en la parte exterior de la esfera, cada cinco minutos. El bisel dorado deliciosamente labrado y en la tapa trasera una decoración que parecía antigua pero muy bien conservada. Me fascinó el reloj de Mr. Bojangles. Creo que no había visto nunca un reloj tan bonito. Yelena... qué nombre más extraño para un reloj.

    Lo estaba observando detenidamente cuando ocurrió... No sé cómo pudo suceder... sólo recuerdo la sensación de vacío entre mis dedos, el sonido de los cristales rompiendo contra la roca y todas aquellas pequeñas piezas esparcidas por el suelo. Me quedé totalmente paralizado, con las manos tapándome la boca... “Mr. Bojangles... yo... yo... lo siento mucho...yo...” las palabras no querían salir de mi boca y se mezclaban con las lágrimas que pugnaban por asomar de mis ojos... la congoja me impedía articular palabra... “... lo siento mucho, Mr. Bojangles... lo siento... yo, de veras, yo...”. Y entonces eché a correr... sólo quería salir de ahí y que aquello no hubiera sucedido nunca... correr, huir... sólo pensaba en cómo detener el tiempo y volver hacia atrás, pero era imposible.






    Llegué a casa después de deambular varias horas... le dije a mi madre que me encontraba mal y que me iba a acostar. Me trajo una taza de caldo caliente y me arropó en la cama. No pude pegar ojo en toda la noche... había sido un maldito cobarde por huir de ahí de ese modo... no me lo podía perdonar. Decidí que al día siguiente iría a ver a Mr. Bojangles y trataría de reparar el daño de la manera que fuese. No tenía la menor idea de cuánto podía valer un reloj como ése. Revisé la caja de cartón donde guardaba mis ahorros... había exactamente 10 dólares y 8 centavos. Pensé que si me levantaba cada día a las 5 de la mañana, tal vez podría conseguir un dólar a la semana ayudando al Sr. Steinhart en la panadería, y luego por la tarde después de la escuela podría hacer entregas para el Sr. Hamilton. En cuatro meses, hasta que llegara el invierno, calculé que tal vez podría reunir 25 dólares más... Estaba casi seguro de que no sería suficiente, pero tenía que intentarlo...




    El día siguiente amaneció con el cielo plomizo. Fui a ver al Sr. Steinhart y acordamos que cada mañana estaría en su panadería a las 5. El día se me hizo eterno en la escuela. Era incapaz de concentrarme en lo que Miss Emily decía. Sólo estaba pendiente de que llegara el momento de encontrarme de nuevo con Mr. Bojangles y pedirle perdón por mi cobardía y por no haber asumido mi responsabilidad tal como me habían educado. Tenía una mezcla de vergüenza y miedo... A veces, sentimientos distintos se juntan y montan una fiesta momentánea.

    Me acerqué a River Bend a la hora de costumbre... y allí estaba. “¡Hola, David... a tí quería verte!” me gritó “ven, acércate... quiero que veas esto” dijo mientras movía su mano izquierda en alto haciéndome señales para que me acercara y señalaba con su índice derecho un lugar indeterminado del suelo. Se me hizo un nudo en la garganta.


    • Mr. Bojangles, verá... yo....” - empecé a musitar cuando llegué junto a él... casi no podía hablar por la congoja - “verá sobre lo de su reloj... yo... siento..., verá... voy a reunir dinero para... necesitaré algún tiempo, pero... yo...” conseguí balbucear…
    • ¿Has visto las hormigas cómo van cargando las miguitas de pan hacia el hormiguero?” dijo Bojangles sin levantar la vista del suelo y señalando con su índice una procesión de hormigas... “son listas... saben que el invierno será duro y se preparan”.
    • Mr. Bojangles... siento mucho lo de su reloj. Yo...”
    • ¿De qué me hablas, chaval?”, me interrumpió levantando la vista, “yo no tengo ningún reloj” sonrió... Volvió a concentrarse en la procesión y, sin dejar de señalarlas prosiguió “Fíjate en esas hormigas... no son como nosotros. Ellas saben...”
    • Pero Mr. Bojangles, ayer..., su reloj...Yelena..., yo...” dije implorando... Mr. Bojangles levantó nuevamente la vista del suelo.
    • Hijo, ¡no he tenido un reloj nunca en mi vida!” estalló en una sonora carcajada. “¿Tú crees que necesito un reloj para algo?” añadió mirándome con la boca abierta, todavía carcajéandose. “Mira, chaval... me levanto cuando sale el sol, me acuesto cuando tengo sueño, como cuando tengo hambre... bebo todo lo que puedo y... ¡me rasco cuando me pica!, jajajajaja” Se le saltaban las lágrimas... parecía realmente divertido ante la situación. “¡¡Un reloj, jajaja!!”... “Un reloj..., qué bueno, chaval...menuda ocurrencia … … no te digo... reloj...” murmuró entre risas.

    Bajó de nuevo la vista hacia el suelo y, señalando con su dedo dijo “Fíjate en esa hormiga... es la reina, ¿ves?... ésa es la que manda aquí”... y siguió hablando de las hormigas como si nada hubiera ocurrido... dejando que la tarde siguiera deslizándose cansinamente hacia el crepúsculo. Nunca más volveríamos a hablar de ese reloj.

    Al día siguiente a las 5 de la mañana estaba puntual en la panaderia del Sr. Steinhart tal como le había prometido.






    El día que detuvieron por primera vez a Mr. Bojangles había estado lloviendo torrencialmente. Lo recuerdo porque pasé toda la mañana ayudando a mi padre a limpiar el fango que se acumuló en el camino del cobertizo donde teníamos el tractor y las herramientas.

    Por la tarde seguía lloviendo y fui a River Bend a encontrarme con Mr. Bojangles. Le sorprendí mojándose bajo la lluvia y abrazado a un árbol. “Hola David”, me gritó. “Ven aquí a llenarte de energía”. Le miré con cara de incredulidad. “David, los árboles están llenos de energía... y si los abrazas en un día de lluvia te traspasan toda esa energía”. “Vamos, chaval, ¡sin miedo!” , gritó. Me acerqué al árbol y extendí mis brazos tímidamente hasta que nuestras manos se juntaron alrededor del tronco del árbol. “Sin miedo, hijo, es energía lo que va a traspasarte... ¡no se te va a tragar, chaval!” exclamó Mr. Bojangles con una carcajada. Y allí estaba yo, abrazado a un árbol mientras la lluvia caía implacablemente sobre mi cabeza, intentando sentir la energía del árbol fluir hacia mi cuerpo mientras Mr. Bojangles seguía riendo y cantando, abrazado conmigo al árbol.


    Mr. Bojangles cantaba y bailaba algunas noches para los clientes del bar del señor Milgauss a cambio de un poco de comida, un mucho de bebida y alguna propina. Esa noche, Mr. Bojangles quería ir al pueblo a bailar y dejó que Elgin viniera conmigo a casa. A la gente del pueblo le gustaba ver bailar a Mr. Bojangles y se reían divertidos cuando bailaba medio borracho pues sus movimientos eran todavía más frenéticos que cuando estaba sobrio. En medio de su frenética danza dio un movimiento en falso y fue a caer sobre Seth Thomas, quien le propinó un puñetazo. Se enzarzaron y Mr. Bojangles fue detenido por alterar el orden público. Durmió la mona en el calabozo mientras Elgin dormía en mi habitación. Esa no fue la única noche que Elgin dormiría conmigo en las semanas siguientes ni tampoco la única que Mr. Bojangles dormiría en el calabozo. Una o dos veces por semana acababa completamente borracho y por alguna razón misteriosa se las apañaba para terminar la velada durmiendo en el calabozo de la oficina del sheriff.





    El día que descubrí la poesía fue el más caluroso de aquel verano. El día ideal para darse un buen chapuzón en el río. Pasé por la biblioteca pública donde recogí un libro de poesía que mi madre me había encargado y, camino de casa, me acerqué a River Bend. El sol golpeaba con fuerza y un concierto de cigarras me acompañó durante el camino.

    Yo había leído un poco de poesía en la escuela pero nunca la había entendido. Me parecía algo tremendamente pesado y sin sentido alguno, amén de cursi. Mr. Bojangles vio el libro y lo tomó en sus manos. Empezó a hojearlo lamiendo cuidadosamente su dedo para pasar las páginas. Se paró en una de ellas y pareció reconocer unos versos. Cerró el libro, entornó los ojos y empezó a recitar de memoria. Dios mío, aquello no tenía nada que ver con las horribles poesías que Miss Emily nos recitaba en la escuela.



    Press close bare-bosom'd night--press close magnetic nourishing night!
    Night of south winds--night of the large few stars!
    Still nodding night--mad naked summer night.
    Smile O voluptuous cool-breath'd earth!

    Earth of the slumbering and liquid trees!
    Earth of departed sunset--earth of the mountains misty-topt!
    Earth of the vitreous pour of the full moon just tinged with blue!
    Earth of shine and dark mottling the tide of the river!
    Earth of the limpid gray of clouds brighter and clearer for my sake!
    Far-swooping elbow'd earth--rich apple-blossom'd earth!
    Smile, for your lover comes.


    Cíñete a mí, noche del seno desnudo; cíñete a mí,
    noche ardiente y nutricia!
    Noche de vientos del Sur, noche de grandes y pocos luceros,
    tú, que en la paz cabeceas, loca, desnuda noche de estío.
    Voluptuosa sonríe, ¡oh, tierra de fresco aliento !
    Tierra de árboles adormilados y líquidos,
    tierra ya sin luz del ocaso, tierra de montes con cumbre de niebla,
    tierra donde derrama cristales el plenilunio azulado,
    tierra con manchas de luz y de sombra en las aguas del río,
    tierra de límpido gris y de nubes que para mí son
    más vivas y claras,
    tierra de abrazo anchuroso, tierra ataviada con flor de manzano
    sonríe ya, que tu amante se acerca.




    El poema de Whitman cobraba vida en la voz de Mr. Bojangles y las palabras empezaban a tener sentido. Ya no eran las simples palabras sueltas que Miss Emily declamaba con aquella letanía apesadumbrada mientras los chicos bostezábamos y nuestras mentes se perdían pensando en la hora de salir de clase. Eran palabras que expresaban sentimientos, cada verso con su ritmo justo y todo el conjunto sonaba en mis oídos como si fuera música. Le pedí a Mr. Bojangles que por favor siguiera leyendo y recitando... y así pasamos esa tarde en el río Mr. Bojangles y yo, una tarde que hubiera deseado que nunca terminara.






    La primera vez que Mr. Bojangles me habló de la muerte fue una tarde de Domingo. Aquella mañana mi familia y yo habíamos asistido al entierro de la esposa del señor Sinn, el dueño del almacén. “Chico, todo el mundo sabe que va a morir... pero nadie lo cree”. Me quedé callado. No comprendía el significado de lo que Mr. Bojangles me decía. “Si lo creyeran, harían las cosas de otro modo” añadió. “¿Sabes, hijo? Cada mañana, al levantarme, me pregunto ¿Va a ser hoy el día en que voy a morir?... Ignoro la respuesta. Pero siempre trato de vivir ese día como si fuera el último”. Me sonrió con dulzura y empezó a cantar una canción. Era una canción triste, casi un lamento... Un blues.

    You know, Lenny,
    I lost the best friend I ever had,
    You know, Lenny,
    I lost the best friend I ever had,
    You know, I even lost my dear old mama
    And I lost my dear old dad...”


    Una canción sobre el abandono, la muerte, la nostalgia de algo que ya no se tiene. Siguió cantando mientras la tarde caía y el sol se encaminaba hacia su refugio nocturno, tiñendo el río de un suave color anaranjado. Anocheció por completo mientras seguía escuchando a Mr. Bojangles cantar el blues.




    La noche que decidí que quería irme de Deville y recorrer el mundo con Mr. Bojangles no pude conciliar el sueño. Quedaban sólo dos días para mi cumpleaños y estaba firmemente convencido de mis propósitos. Se lo dije al día siguiente cuando fui a verle a River Bend. “Quiero irme con usted, Mr. Bojangles. Quiero conocer el mundo y vivir la vida. Ya no quiero estudiar más. Sé todo lo que necesito saber y nada de lo que puedan enseñarme en esa escuela me interesa lo más mínimo”. Mr. Bojangles se quedó callado. No dijo nada. Yo pensé que trataría de disuadirme pero no lo hizo. Simplemente se quedó callado, acariciando a Elgin, mientras intentaba sacar un poco de humo a una colilla que colgaba de sus labios. Nos quedamos los dos callados, sentados en la hierba y mirando hacia el río hasta que anocheció.




    El día que cumplí doce años volvió el invierno a Deville. Fue puntual, como de costumbre. De madrugada empezaron a caer finos copos de nieve que pronto cubrirían el camino de la entrada a nuestra casa. Por la mañana temprano ayudé a mi padre con la pala para despejar el camino y al salir de la escuela acudí como cada tarde a encontrarme con Mr. Bojangles en su cabaña del río. Llevaba conmigo los 37 dólares y 81 centavos que había conseguido reunir. Le estuve llamando pero no respondió.

    Cuando iba de regreso a casa me di cuenta que tampoco había visto a Elgin. Empecé a inquietarme porque cuando Mr. Bojangles iba al pueblo solía dejar a Elgin en la cabaña. Volví sobre mis pasos y regresé a River Bend. Entré en la cabaña y comprobé que Mr. Bojangles no estaba allí. Pero tampoco estaban sus cosas; su guitarra, su petate... no había nada. La cabaña estaba completamente vacía.


    Regresé a casa cuando empezaba a anochecer y volvía a caer la nieve. Mi madre me dijo que Mr. Bojangles había pasado por casa mientras yo estaba en la escuela. “Ha venido un hombre esta mañana. Dijo que era amigo tuyo. Te ha dejado una cosa en tu habitación”.

    Subí las escaleras de dos en dos y entré en mi cuarto. Sobre la cama encontré un paquete pulcramente envuelto en un papel de regalo de muchos colores. Tenía unas cintas doradas y era muy plano... casi totalmente plano. Me sorprendió por eso. No tenía ni idea de lo que podía ser. Le quité las cintas doradas y lo desenvolví muy cuidadosamente para no romper el papel de regalo.




    Dentro sólo había una hoja de papel totalmente en blanco. Busqué entre el papel del envoltorio por si había caído algo pero no... no había nada más. Sólo aquel triste papel en blanco. En ese momento entró mi madre en la habitación. Me volví hacia ella con el papel del envoltorio en mi mano izquierda y la hoja en blanco en la derecha y le dirigí un gesto de incredulidad. “David, aquel hombre me dio una nota para ti. Quería que te la diera cuando hubieras abierto el regalo”. Me tendió el papel. Era una nota manuscrita por Mr. Bojangles con una caligrafía tan puntiaguda que daba la sensación de que se había peleado con el papel. La nota decía así:


    "Querido David,
    Cuando leas esta nota estaré lejos de Deville. Soy un espíritu inquieto y no acostumbro a quedarme mucho tiempo en un mismo lugar. Ya lo sabes... me gusta recorrer el mundo, chico. Elgin y yo nos vamos hacia el sur por una temporada. “Big Mama Rose” nos espera en Nueva Orleáns y no podemos defraudarla ¿verdad? Espero que volveremos a vernos, chaval. Tal vez la próxima primavera mis viejas botas vuelvan a pisar los caminos de Deville.
    No me gustan las despedidas, así que esta mañana temprano he preparado mis cosas y hemos emprendido camino.
    David, ayer me dijiste que querías dejar de estudiar porque ya lo sabías todo y no había nada más que aprender.
    Este es mi regalo de cumpleaños para tí. Es sólo una hoja de papel en blanco. No hay nada más. Esa hoja simboliza lo que tú crees saber. En realidad nunca sabemos nada, David. Si alguna vez piensas que lo sabes todo, estás perdido. Escribe una palabra en esta hoja de papel cada vez que aprendas algo de la vida.

    Cuídate mucho y cuida de tus padres, David.
    Hasta siempre.
    Bojangles."


    Intenté contener la emoción pero no pude evitar que una lágrima asomara tímidamente. Mi madre se dio cuenta y me dejó solo. Aquella misma tarde escribí mis primeras palabras en la hoja de papel de Mr. Bojangles.




    Ese invierno no resultó tan crudo como el anterior. La primavera llegó y tras ella el verano volvió a teñir de amarillo los campos de trigo. El otoño cubrió de hojas secas los caminos y el invierno regresó como de costumbre para culminar el ciclo. Llegaron más primaveras y más inviernos. Los otoños sucedieron a los veranos como siempre habían hecho. Pero nunca volví a tener noticias de Mr. Bojangles. Desapareció de la misma forma en que había aparecido, sin avisar...








    Me incorporé un poco. Me puse las gafas y seguí leyendo la carta de los abogados.


    Lamentamos tener que comunicarle que el Sr. Johnson falleció en el St. Jude Hospital de Memphis el pasado día 11 de Junio. El Sr. Johnson estaba al cuidado del departamento de Servicios Sociales del Condado de Shelby pues no disponía de parientes ni recursos económicos.

    En una declaración de últimas voluntades antes de fallecer dictó instrucciones precisas sobre su deseo de ser incinerado y los subsiguientes detalles que debían tenerse en cuenta tras su fallecimiento. En consecuencia, cumpliendo con las disposiciones del Sr. Johnson, le hacemos llegar el presente envío de cuya entrega rogamos acuse oportuno recibo devolviendo debidamente firmado a nuestras oficinas de Memphis, TN el formulario que a tal efecto adjuntamos.

    Si desea hacernos alguna consulta respecto al contenido del presente escrito, le rogamos cite en su comunicación la referencia 3570.50.00.

    Con nuestras condolencias. Sinceramente suyo,

    F.A. Jones
    Senior V.P. - Pro-bono Director
    Jones, Waltham, Ross & DeWitt, Abogados
    Memphis, TN”



    Volví a quitarme las gafas mientras pensaba en Mr. Bojangles y en la aséptica comunicación de los abogados de Memphis. Dirigí mi vista hacia la mesa de reuniones de mi despacho. Junto con la correspondencia, mi secretaria había dejado un paquete aunque hasta ese momento no había reparado en él.





    Venía dentro de una bolsa de FedEx. La abrí con cuidado y extraje un pequeño paquete del tamaño de una caja de zapatos. No me apetecía abrirlo en aquel momento, de modo que lo volví a meter en la bolsa de FedEx. Eran cerca de las 8 de la noche. Recogí las cosas de mi despacho, me puse la chaqueta, la bufanda y la gabardina y salí fuera. Ya no quedaba nadie en la oficina.

    Sally estaba en Madrid... de modo que no tenía ninguna prisa en llegar a casa. Dí un largo paseo por las calles de la ciudad. Me apetecía sentír el aire frío en la cara. Las luces de Navidad ya estaban encendidas y las calles del centro hervían de gente que paseaba escondida tras sus bufandas. Era una noche muy fría pero no me importaba lo más mínimo seguir caminando hasta llegar a casa. Empezaba a caer una fina llovizna cuando llegué a mi portal.

    Subí a mi apartamento. Giré la llave y entré. Encendí la luz del pasillo y cerré la puerta tras de mí. Me quité la bufanda, la gabardina y la chaqueta. Dejé la bolsa de FedEx en el salón y me dirigí al dormitorio para cambiarme de ropa. Me puse una camisa de franela, un viejo jersey de cuello perkins y un pantalón cómodo, de algodón. Me fui al salón y me serví un bourbon con hielo.




    Encendí la lámpara de pie junto al viejo sillón de cuero... gradué una luz tenue. Busqué un disco de vinilo de Lightnin' Hopkins y lo coloqué cuidadosamente en el giradiscos. Empezó a sonar “Last night I lost the best friend I ever had”...

    You know, Lenny,
    I lost the best friend I ever had,
    You know, Lenny,
    I lost the best friend I ever had,
    You know, I even lost my dear old mama
    And I lost my dear old dad...”






    Me arrellané en el sillón y saqué la caja de la bolsa de FedEx. Quedó ante mí una típica caja de envíos de FedEx de color blanco con el logo de la empresa. La abrí cuidadosamente.




    Había un montón de papeles de periódico arrugados. Los fui quitando hasta que quedó a la vista otra caja, también de cartón pero más pequeña, de color gris... de esas que se utilizaban antaño en las ferreterías para guardar puntas. Sobre ella una nota manuscrita con una caligrafía tremendamente puntiaguda. “Para entregar al Sr. David Mickelson, de Deville, Ohio”. Estaba atada con un cordelito de cáñamo. Corté el cordel y abrí la caja... muy lentamente.


    No podía dar crédito a mis ojos. ..


    Allí estaba... después de treinta años, mirándome como aquella tarde en River Bend. Era Yelena, el reloj de Bojangles.

    Reposaba dentro de la caja en un pequeño lecho papeles de periódico. Lo cogí con sumo cuidado y lo deposité en la palma de mi mano. Lo estuve contemplando durante varios minutos sin saber qué hacer... sin atreverme siquiera a manipularlo. Era el mismo reloj... con la esfera de porcelana blanca, limpia, tal como la recordaba... las manecillas en forma de flecha... esos números rojos en el exterior... la palabra OMEGA escrita a las doce... la corona a las tres... el segundero a las seis...





    Sosteniendo el reloj en mi mano izquierda con firmeza, empecé a girar muy lentamente la corona para remontarla... una vuelta, dos, tres, cuatro, cinco... la aguja del segundero inició un lento camino. Suavemente empezó a contar de nuevo el transcurrir del tiempo...













    Pasaron los minutos... pasaron algunas horas... y el amanecer nos sorprendió a Yelena y a mí escuchando blues, bebiendo bourbon y recordando a Mr. Bojangles.





    A veces, cuando escucho una vieja canción de blues me invade una tremenda sensación de nostalgia. Nostalgia de un tiempo en que el futuro no existía y el presente era una tarde de pesca, un trozo de tarta de moras, un poema o una canción... Nostalgia de un tiempo en que tenía once años y toda una vida por delante. Y no puedo evitar que en mis labios aflore una sonrisa cuando a mi mente acude la imagen de un hombre negro vestido con una camisa harapienta, pantalones bombachos sujetos a la cintura con una cuerda de cáñamo, sombrero agujereado y esos zapatos sin cordones llenos de polvo... Y es entonces cuando cojo de mi escritorio un papel amarillento lleno de palabras escritas con trazos puntiagudos y observo cómo las horas transcurren lentamente en un reloj con nombre de mujer... y veo esos tres dientes amarillos que me sonríen mientras en mi mente no dejo de repetir estas palabras... “¡Baile, Mr. Bojangles!... ¡baile!”.

    Mickelson.

    --------------

    Créditos:
    - Los hechos y personajes de este cuento son imaginarios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El personaje de Mr. Bojangles está inspirado en la canción "Mr. Bojangles", compuesta por Jerry Jeff Walker.
    - Se reconoce expresamente el copyright de las ilustraciones empleadas a sus legítimos propietarios.


    Agradecimientos:
    - BlasM, por venderme su Omega de bolsillo y por las fotografías del reloj. Espero que el abuelo se encontrará bien en casa con sus bisnietos Speedy y Dynamic.
    - Mararía, por permitirme adaptar el cuento que le escribí por su cumpleaños hace ya algunos. Te quiero.

    “There are those who look at things the way they are, and ask why... I dream of things that never were, and ask why not?” (Robert F. Kennedy)

  2. #2
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    Esta es la presentación del reloj OMEGA que BlasM me ha vendido. Gracias Blas.

    Siempre había querido tener un antiguo reloj de bolsillo.... y cuando leí el post de Blas, pensé que lo había encontrado. Se trata de un OMEGA, que por el número de serie que lleva grabado, podría fecharse su fabricación alrededor de 1903. Según me dice Blas, el abuelo funciona perfectamente.

    El reloj se encuentra en estos momentos a punto de iniciar viaje hacia Barcelona. Espero que el viaje no le siente mal... es ya muy mayor. Pronto se reunirá en casa con sus nietos Speedy y Dynamic.

    Ya tengo mi reloj de bolsillo... pero no conozco su historia. A menudo leo los posts de algunos compañeros en los que relatan la ilusión con la que tienen el reloj que les dejó su abuelo.... y la historia que encierra esa pequeña máquina. Yo no tuve esa suerte. Tengo mi reloj, pero no sé su historia.

    El abuelo OMEGA ha vivido ya 106 años. Nació hacia 1903 y ha vivido la Primera Gran Guerra Europea, los felices 20, los duros 30, la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, la caída de los muros de la vergüenza, las gerras del golfo, el 11-S, la crisis....

    ... pero no conozco su historia. Con quién ha convivido todo este tiempo... por qué manos ha pasado... así que decidí que si el reloj no tenía historia lo mejor era darle una. Y escribí el cuento que habéis leído... Para mí será siempre el reloj de Mr. Bojangles.

    Gracias por leer. Os avisé que era largo.

    Un saludo,
    David.
    “There are those who look at things the way they are, and ask why... I dream of things that never were, and ask why not?” (Robert F. Kennedy)

  3. #3
    Avatar de MANOLER
    MANOLER está desconectado Legión de Honor Forera
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    Preciosa historia, siempre es entrañable saber la historia de esos "abueletes" ejejejej.
    Nunca olvidaré que distes tu vida por mi escudo

  4. #4
    Avatar de manu
    manu está desconectado Forer@ Senior
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    bien,bien,bien,bien maestro,bien,he disfrutado cada palabra,gracias.y de "largo" no tiene nada,es ligero y rapido como un dardo acertando en la diana
    no hay feria mala lo que unos pierden otros lo ganan

  5. #5
    Avatar de Super 8
    Super 8 está desconectado Legión de Honor Forera
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    Menuda historia. Es la presentación más currada que recuerdo en éste foro.

    Enhorabuena también por "Yelena". Seguro que te dará tantas satisfacciones como se las dió a Mr. Bojangles.

  6. #6
    Avatar de Tomas69
    Tomas69 está desconectado Héroe posteador
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    No puedo más que darte la enhorabuena y además las gracias.

  7. #7
    Avatar de ICE
    ICE
    ICE está desconectado SuperForer@
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    Hay presentaciones con fotos, las hay con imaginación,... pero sin duda esta es una de las más bonitas que he visto nunca. El cuento es precioso.

    No está todo inventado.

    ICE

    PD.- Apúntate un aplauso
    "La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna" (Virgilio)

  8. #8
    Belertze está desconectado Quasi-forer@
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    Muy buena historia. Gracias por compartirla.

  9. #9
    kike33 está desconectado Club de los 2000
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    Me has dejado sin habla. Cuanta razon tienes. La mayoria de las veces solo miramos el cuando estan hechos y ni nos paramos a pensar por donde ni porque habran pasado. No sera la historia real, pero si una buena historia. Ahora te toca a ti aportar tu parte de ella a tu "abuelito". Disfrutalo como se que lo haras y dile a sus bisnietos, que no se quejen de los posibles achaques del abuelo, que ojala ellos tambien lleguen a tenerlos algun dia a su edad.

  10. #10
    FranJoe está desconectado Forer@ Senior
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    Mi mas sincera enhorabuena. Es una presentación maravillosa.

    Muchas gracias

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