Complicaciones relojeras: la Ecuación del Tiempo, la incógnita que el Hombre pudo despejar

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Hoy traemos un artículo sobre una de las más románticas complicaciones relojeras: la Ecuación del Tiempo. Probablemente, la descripción más fácil para comprender la magnitud de la complicación sobre la Ecuación del Tiempo es la que nos remite al desfase entre la hora que da un reloj de sol y la que da otro tradicional. Solo hay que detenerse para hacerse una pregunta: ¿cuáles son las verdaderas diferencias entre ambos?

Una cuestión de Astronomía

Para responderla es necesario retroceder en el tiempo y adentrarnos en una época en la que el Hombre vivía mirando al cielo, sin luz artificial, observando los astros, sobre todo el astro rey, que regía el tiempo al compás de su ciclo, del día y la noche. En ese contexto, los hombres de ciencia se esforzaron por explicar aquello que los babilonios observaron por vez primera: que el movimiento del sol era irregular, pues unas veces estaba más alto en el cielo al mediodía que otras y que la duración de los días variaba considerablemente a lo largo de un año.


Muchos fueron los astrónomos que intentaron encontrar la explicación a este fenómeno, desde Ptolomeo, que en el siglo II d. C. elaboró su teoría basada en la concepción geocéntrica del universo según la cual los astros se movían alrededor de la Tierra con un movimiento circular, hasta Copérnico que, unos cuantos siglos más tarde (hacia finales del s.XV), revolucionó la astronomía con una nueva teoría, el heliocentrismo, que establecía que el Sol es el centro del Sistema Solar.

Sin embargo, el espaldarazo definitivo a las postulaciones de Copérnico, que de hecho no se habían difundido en exceso, llegó de la mano de dos astrónomos coetáneos, nacidos a finales del s.XVI aunque con vidas opuestas, Tycho Brahe y Johannes Kepler. El primero, nacido en una familia rica de Copenhague, era un excéntrico amante de la Astrología que dispuso de grandes recursos para su estudio, lo cual le permitió aportar a la Ciencia datos astronómicos muy valiosos y de una gran exactitud. Esto permitió a Kepler, copernicano acérrimo nacido en una familia humilde de Praga, calcular las órbitas de los planetas con una extraordinaria precisión. Y fueron sus hallazgos los que nos pusieron en la tesitura de empezar a despejar la incógnita de la Ecuación del Tiempo, ya que estableció que las órbitas planetarias no describían círculos perfectos, sino que experimentaban un movimiento más bien elíptico.


Galileo y Newton entraron después en liza para acabar de darle la puntilla al tradicional modelo ptolemaico, gracias al estudio detallado de las órbitas de las lunas de Júpiter de uno y a la formulación de las Leyes de la Gravedad del otro.

Lo cierto es que llegamos a finales del S.XVII con dos conceptos muy claros: que la Tierra describe una órbita alrededor del Sol que no es un círculo perfecto, sino una elipse, y que el eje de la Tierra no es totalmente vertical, pues se contabilizó una inclinación bastante pronunciada (23 grados y 7 minutos de arco).


Estas dos certezas explican diversos fenómenos, entre ellos las estaciones del año, con sus variaciones de temperatura y la diferente duración de los días y las noches: en el Hemisferio Norte, por ejemplo, cuando el polo está inclinado hacia donde se encuentra el Sol, los días son más largos y este ocupa una posición más alta en el cielo. Por el contrario, cuando la inclinación se aleja del Astro Rey, los días son cortos y su posición en el firmamento es mucho más baja.

Si midiéramos la altura del Sol por encima del Horizonte todos los días exactamente a las 12 del mediodía que marca un reloj, comprobaríamos cómo dicha altura va cambiando hasta alcanzar la posición más alta en el Solsticio de Verano y la más baja en el Solsticio de Invierno. Si observamos con detenimiento el recorrido del Sol en el cielo, descubrimos que sigue una trayectoria que dibuja una extraña figura en forma de 8.


Ese tembloroso ocho del cielo se llama analema, y el hecho de que el Sol unas veces se adelante a la posición que debería ocupar al mediodía, y otras se atrase, es lo que pretende ilustrar la aguja de la Ecuación del Tiempo de un reloj.

La Ecuación del Tiempo o capturar el recorrido del Sol en un reloj

Como hemos visto, muchas de las Complicaciones que han enriquecido tradicionalmente a la Alta Relojería se han nutrido de la necesidad innata del Hombre de intentar explicar algo tan indefinible como la magnitud del tiempo.

Tal es el caso de la Ecuación del Tiempo, una Complicación relojera que intenta reflejar la discrepancia entre la hora que marca un reloj y la posición del Sol en el cielo, esa que mostraría un antiguo reloj de sol, y que se debe, como hemos dicho, a la inclinación del eje de la Tierra.

Como la órbita que describe el Sol es elíptica, este parece acelerarse y frenarse a lo largo del año. Ese ciclo de aceleración y ralentización que se produce introduce una variación de la hora solar en la Ecuación del Tiempo con una periodicidad anual. La inclinación de la Tierra, por otra parte, no sólo hace que el Sol se aprecie más alto o más bajo en el cielo, sino que además esto ocurre con una periodicidad bianual.

Efectivamente, la suma de ambos ciclos nos da la Ecuación del Tiempo: como la posición del Sol varía cíclicamente a lo largo del año, la hora solar se adelanta o se atrasa con respecto a la hora que marca el reloj. Así, la Ecuación del Tiempo en cualquier reloj, tanto si es de pulsera como si no, se puede indicar de varias formas: la más común es que haya un sector de la esfera en el que una aguja muestra cuánto hay que sumarle o restarle a la hora solar media para obtener la hora solar aparente, o sea, la que marcaría un reloj de sol.


La manecilla oscila hacia delante o hacia atrás, movida por engranajes enganchados a un “dedo metálico” que delinea el contorno de una leva que gira una vez al año, con una forma que nos recuerda vagamente a la de un riñón, cuya silueta corresponde al analema (aquel extraño ocho que parece dibujar el Sol en el cielo).


La Ecuación del Tiempo es una Complicación bastante insólita de por sí, incluso en su versión más sencilla, pero ha evolucionado para dar variantes aún más complejas y menos frecuentes, como la Ecuación del Tiempo Marchante.

En esta, existen dos agujas minuteras en la esfera, una para la hora media y otra para la hora solar aparente. En el lapso de los 365 o 366 días de un año, la aguja “EOT”, es decir la que obedece a la Ecuación del Tiempo (Equation Of Time), va acortando lentamente distancias con la aguja minutera hasta que la adelanta, para después ir quedándose rezagada detrás de esta, al igual que el Sol en el firmamento se acerca gradualmente a la hora del reloj y luego se queda atrás.


La Ecuación del Tiempo: historia de una Complicación insólita

Históricamente, la Ecuación del Tiempo, una de las Complicaciones de la Alta Relojería más bella y que mayor fascinación suscita, era (y sigue siendo) una rareza.

Por lo general, se la suele encontrar en relojes grandes. Rara vez puede verse en relojes de bolsillo, puesto que durante gran parte de la Historia de la Relojería, llevar un reloj con esta Complicación en el bolsillo del chaleco estaba reservado a príncipes del comercio o a miembros de alguna familia real.

El elenco de fabricantes de relojes de bolsillo con Ecuación del Tiempo incluye a la flor y nata de la Alta Relojería: Thomas Mudge en el S.XVIII y creadores de la talla de Leroy, Breguet y Berthoud en el S.XIX fabricaron relojes de bolsillo con Ecuación del Tiempo únicamente a petición de sus más ilustres clientes. Por supuesto, el más famoso, ejemplo extremo, es el ‘Maria Antoinette’ de Breguet, desaparecido en 1983 y recuperado en 2007, y del que la propia Breguet hizo una reproducción exacta que, después de cuatro años de trabajo, fue presentada en 2008:

El primer reloj de pulsera con esta Ecuación del Tiempo pertenece a una casa que no suele asociarse a la introducción de complicaciones de alta gama. En 1989, Longines produjo el ‘Ephémérides Solaires’, una pieza compleja con varias indicaciones astronómicas que muestra la Ecuacion del Tiempo, aunque no como indicación mecánica: la EOT aparece en un bisel giratorio que recorre la circunferencia del bisel, con una escala para cada mes que muestra la Ecuación.


El ‘Jules Audemars Equation of Time’, obra de Audemars Piguet, es uno de los relojes más importantes que incluyen esta complicación. Se trata sin duda de uno de los más interesantes y de mayor precisión técnica que existen. Fabricado en el 2000, no sólo muestra la indicación EOT, sino que también ofrece la hora correcta de Amanecer y Ocaso, además de mostrar un Calendario Perpetuo y las Fases Lunares. El ‘Boreas’, de Martín Brawn, su coetáneo, compite con él en distinción y rareza.


Si hablamos en términos de belleza, uno de los máximos exponentes es el ‘Equation of Time’ de Jaquet Droz, realizado en una serie limitada de 28 unidades, en el que la indicación de La Ecuación del Tiempo adopta la forma de un sector de la esfera que muestra el ajuste que hay que realizar respecto a la esfera media, aunque en el caso de este reloj ese sector goza de un generoso margen de 180 grados de espacio.


Por otra parte, uno de los exponentes cuya excelencia sobrepasa los confines interplanetarios es el ‘Triptyque’ de Jaeger-LeCoultre. Un verdadero catálogo de astronomía con indicaciones de Ecuación del Tiempo, Hora Sideral, Calendario Perpetuo, Fases Lunares, horas de manecer y Ocaso, acompañadas de una representación planisférica del cielo nocturno. Una auténtica delicia de la Alta Relojería.


La Ecuación del Tiempo es un desarrollo mecánico tan bello como complejo, que ocupa un lugar especial en los hitos de la Alta Relojería, una Complicación que atraviesa el espacio, recordándonos que nuestra hora civil no es más que una recién llegada, evocando también al esfuerzo que el Hombre ha realizado a lo largo de miles de años para desentrañar el misterio de la mecánica celeste.

Si te ha interesado este tema, y a modo de resumen, te dejamos un vídeo de Blancpain bastante ilustrativo:

 

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