Complicaciones relojeras: El cronógrafo

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Íntimamente ligada a la ambición humana por controlar el tiempo, entre todas las complicaciones relojeras, el cronógrafo es una de las más apreciadas por los aficionados a la Alta Relojería por su elevada exigencia mecánica. En líneas generales, el cronógrafo podría definirse como un reloj que no sólo da la hora sino que incluye una funcionalidad específica que sirve para registrar gráficamente el tiempo transcurrido durante un intervalo determinado. Entre los menos entendidos, es muy común confundir cronógrafo y cronómetro, por lo que es necesario definir ambos conceptos para evitar caer en uno de las primeros errores de los que se inician en el fascinante mundo de las máquinas del tiempo. Como decíamos al principio, el término cronógrafo identifica un reloj dotado de un mecanismo que permite trasladar a su esfera las indicaciones correspondientes a la medición de tiempos. El término cronómetro, en cambio, es un término de precisión. Un cronómetro es un reloj que certifica que cumple con unos estándares en cuanto a desviaciones. Como bien saben los aficionados a los relojes, el estándar de precisión más reconocido a nivel mundial es el certificado otorgado en Suiza desde 1973 por el COSC (Contrôle Officiel Suisse des Chronomètres).

Orígenes del cronógrafo

A medida que las sociedades evolucionan, con el desarrollo gradual de la tecnología, la concepción dimensional de la velocidad y el tiempo ha ido cambiando considerablemente. Lo que el hombre antiguo medía en estaciones del año, meses, semanas y días, debe adaptarse y cambiar para obtener información de horas, segundos, centésimas y hasta milésimas de segundos. Así, la evolución de la medición del tiempo y la forma en que la concebimos se ha ido transformando para cubrir las necesidades de la vida moderna.

De esta manera nació, en el seno de los talleres relojeros suizos de finales del siglo XVIII, la idea de desarrollar un sistema que fuera capaz de tomar lecturas del tiempo hasta en centésimas de segundo, gran reto si se tiene en cuenta el contexto del desarrollo de la industria relojera de las primeras épocas. La búsqueda de esta funcionalidad mecánica se convirtió en una prioridad y esa nueva necesidad provocó un alud de ideas lúcidas y brillantes que facilitaron que el proyecto cristalizara en un calibre mecánico. Aunque muchos consideran que el “reloj cronometrográfico” que presentó el relojero belga Hubert Sarton a la Sociedad de Emulación de Lieja podría ser un antecesor del cronógrafo moderno, es el “Contador de terceros” de Louis Moinet el que ha sido reconocido como el primer cronógrafo de la Historia.

Se trataba de un instrumento de observación astronómica que Moinet desarrolló hacia 1815 y que actualmente se conserva en el Observatorio de Neuchâtel. Poseía una aguja central además de tres contadores para los minutos, las horas y las 24 horas, que daba una vuelta entera en un segundo y se podía poner en marcha, parar y poner a cero mediante un pulsador.

Orígenes primeros aparte, el concepto “cronógrafo” no se introdujo en el ámbito de la relojería hasta más tarde, en 1821, cuando el relojero afincado en París Nicolas-Mathieu Rieussec, inventó un sistema de medición de tiempos cortos mediante una esfera giratoria y una aguja fija provista de un pequeño depósito de tinta. La marca de tinta que dejaba en la esfera permitía determinar el intervalo de tiempo que se quería medir.

Poco a poco, otros relojeros de renombre hicieron aportaciones. Uno de los más destacados fue Louis-Frédéric Perrelet quien, en 1827, diseñó un reloj con dos segunderos, uno de los cuales se podía parar en cualquier momento y, al presionar nuevamente el pulsador, avanzaba hasta el lugar que habría alcanzado si no se lo hubiera parado. Se trataba, como algunos habrán intuido, del predecesor de los sistemas modernos con rattrapante.

Hacia 1836, Joseph Thaddeus Winnerl inventó el corazón de cronógrafo: una leva en forma de corazón que facilita la puesta en cero del segundero. Por último, en 1861, Henri-Ferréol Piguet, que trabajaba para la Maison Nicole & Capt de Londres, realizó el primer cronógrafo moderno. Este contaba con un segundero adicional, accionado por un solo pulsador, que servía para ponerlo en marcha, pararlo y reiniciarlo.

Funcionamiento básico del cronógrafo

Básicamente, un cronógrafo dispone de pulsadores de arranque, parada y puesta a cero, aunque puede incorporar otras funciones que analizaremos más adelante como el flyback, la cuenta parcial y otras muchas dependiendo la dificultad de la complicación.

Su funcionamiento consiste en empezar a contar desde cero, pulsando el mismo botón que lo detiene. Además, habitualmente, pueden medirse varios tiempos con el mismo comienzo y distinto final. Es el caso del rattrapante: se congelan los sucesivos tiempos con un tercer botón mientras sigue contando en segundo plano hasta que se pulsa el botón de comienzo (que a su vez es el de paro). Para mostrar el segundo tiempo o el tiempo acumulado, se pulsa el botón conocido como reset o reinicio.

Tipos de cronógrafos

 El Cronógrafo rattrapante

El cronógrafo rattrapante, también llamado “de segundero desdoblado”, va un poco más allá de la complicación del cronógrafo simple. Dispone de dos agujas contadoras de segundos para medir los tiempos de dos sucesos de duración diferente que se inician en el mismo instante. Así, con este avance es posible parar la cuenta para indicar un tiempo intermedio.

 El Cronógrafo con flyback

Una de las versiones más fascinantes de esta complicación es el cronógrafo con flyback. Los cronógrafos flyback incorporan un pulsador que permite reiniciar el contaje de manera automática, sin ser necesario parar el crono, ponerlo a cero y reiniciarlo.

En los cronógrafos convencionales, antes de iniciar una nueva cuenta era necesaria una primera pulsación para detener la cuenta anterior, una segunda para poner el contador a cero y la tercera para iniciar la nueva cronometría. Con la función flyback basta una única pulsación para que la aguja se sitúe al inicio y comience la nueva cuenta.

 

 

Conocida en francés como ‘retour-en-vol’, la función de los cronógrafos flyback apareció por primera vez en 1923 de la mano de la manufactura Breitling. Su finalidad era facilitar la cronometría de series consecutivas de tiempos. Además de permitir la medición de lapsos sucesivos, el mecanismo de flyback posibilita una corrección inmediata si ha habido un error en el inicio de la medición. Generalmente, esta función se activa en el pulsador situado a las cuatro, la habitualmente destinada, en los cronógrafos convencionales, a la puesta a cero.

Esta especial característica convirtió al flyback en una complicación muy apreciada por los pilotos por el ahorro de tiempo que comporta y, tradicionalmente, se ha adaptado a la aviación y a la navegación, pero también es útil para el submarinismo, así como para deportes que requieren una medición de tiempos cortos, como el motociclismo, el automovilismo, la hípica o el atletismo.

Evolución del cronógrafo

Pasados los primeros años de desarrollo del cronógrafo, las marcas más destacadas se enzarzaron en una batalla tecnológica por desarrollar los primeros cronógrafos automáticos. Prestigiosas casas de relojería como Zenith, Movado, Heuer-Buren, Breitling o Dubois-Depraz se lanzaron a la conquista de esta meta y así el primer cronógrafo automático salió al mercado en 1969 habiendo tres fabricantes que se atribuyen el mérito: Heuer – Buren por un lado, la japonesa Seiko por otro y la suiza Zenith.


Fundada en 1860, Heuer siempre ha estado ligada a la creación de relojes cronográficos. A finales de la década de los años cincuenta empieza a germinar en la compañía la idea de realizar un cronógrafo automático pero como paradójicamente por esa misma época, había decidido suspender su línea de movimientos automáticos, necesitó buscar un aliado que le proveyera del movimiento de base. Buren estaba en la línea de conseguir un calibre automático lo más delgado posible utilizando un microrotor alejado del centro del reloj, lo que consiguió a principios de los años sesenta con el 1280, un calibre que tiene casi un milímetro menos que los producidos por la época.

Por otro lado Heuer encarga a Dubois-Dépraz, firma fundada en 1901 y especialista en realizar complicaciones, la realización de un módulo cronográfico lo más delgado posible. La idea empieza a cobrar forma, pero todas las firmas comprometidas son modestas y no disponen del capital necesario para poder llevar a cabo el proyecto. Es en este momento en el que invitan a Breitling a formar parte del mismo. Como no podía ser de otra forma, era un proyecto interesante que podía marcar un hito relojero, por lo que se mantuvo en secreto y para evitar hacer referencia alguna a las palabras cronógrafo y automático se le denominó: “Proyecto 99”.

Finalmente, para acabar de completar el conglomerado de marcas que tienen participación en la primera evolución del cronógrafo se añade Hamilton, quien en 1966 compra la firma Buren. Como resultado, apareció el calibre 11, también conocido como Chrono-Matic.

 

Por otra parte, Seiko empezó su particular competición con la relojería suiza a mediados de los años sesenta participando en pruebas de cronometría y también en la producción de cronógrafos. De forma silenciosa desarrolla el calibre 6139A su primer calibre cronográfico de carga automática.

Por último, Zenith adquiere en 1960 la firma de producción de cronógrafos y otras complicaciones Martel, lo que la dota de una capacidad y conocimientos extra en la realización de este tipo de calibres. En 1962 inicia su particular proyecto para la construcción de un cronógrafo automático, el cual desea tener listo en 1965 para celebrar el centenario de la firma. En 1969 se fusiona con Movado, relación que duraría hasta 1984. El resultado fue el calibre PHC 3019, también bautizado como “El Primero”, un nombre nada casual por las razones que analizaremos más adelante.

Polémica en la autoría del primer cronógrafo automático

Y ahora cabe preguntarse: ¿cuál fue el primero: el calibre 11, el calibre 6139 o el calibre PHC 3019? Pues según se mire:

La polémica se desata el 10 de enero de 1969, momento en el que Zenith-Movado convoca una  reducida rueda de prensa para los medios suizos en la que presentan los prototipos de sus trabajos que no pueden comercializarse hasta octubre de 1969. Primeramente, la firma tenía la intención de hacer público su proyecto durante la feria de Basilea en abril pero los rumores de que la competencia le pisaba los talones obligaron a realizar su proclama y no en vano le denominaron “El Primero”, para enfatizar más el logro.


A las firmas del “Proyecto 99”, que tenían una serie de 100 prototipos a finales de 1968, el anuncio de Zenith-Movado les cogió por sorpresa. Su respuesta tuvo lugar el 3 de marzo al presentar en una multitudinaria e internacional rueda de prensa que tuvo lugar simultáneamente en el Hotel International de Ginebra y en el edificio de PanAm en New York.

Durante la feria de Basilea ambos grupos mostraron sus creaciones pero, mientras Heuer-Buren/Hamilton-Breitling, mostraron múltiples modelos equipados con el calibre 11; Zenith apenas pudo mostrar dos o tres ejemplares de su cronógrafo automático.

Finalmente, Seiko, que prescindió de la campaña publicitaria del resto y se atribuye ser la primera marca en conseguir un cronógrafo de remonte automático, lanzó su primer cronógrafo automático con la referencia 6139 en mayo de 1969. El reloj estaba orientado para el mercado japonés, si bien, en base a los números de serie, las primeras referencias de este calibre datan de marzo del mismo año.

Es este baile de fechas, mercados y estrategias publicitarias el responsable de que, en la actualidad, la atribución de quién ocupa el primer lugar en la producción de los cronógrafos automáticos aún no se haya dilucidado. Aunque se trata de matices, una cosa es cierta y es que esta feroz competencia no hizo sino alimentar el desarrollo tecnológico que ha contribuido a enriquecer a la alta relojería y los avances en esta extraordinaria complicación.

 

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